01 febrero 2007

Caos

Así cómo una vez existió una época en la que estaba en boga el casete TDK con la etiqueta escrita en lapicera que decía “Varios Lentos”. Así como hubo una época en la que solo el Súper Pibe era la opción fuerte al Nesquick. Así como estuvo en boga “boga” en vez de “moda”. Hubo una teoría que lo explicaba todo, una teoría de moda. La del Caos. Alguien, seducido por esa teoría, conjeturó que “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York”. Otros muchos hicieron películas y hasta reinventaron la figura del matemático. En la pantalla veíamos a ese que seducía a una rubia contándole la teoría del caos digerida en una gota que chorreaba por la mano de la fémina. Matemático al que, mas tarde, veríamos salvando al mundo de los dinosaurios. Agotados los matemáticos, el cine dio un paso mas en la digestión y la hizo amena con los viajes en el tiempo. Un pequeño cambio en el pasado que lo cambiaría todo en el futuro. Hasta le pusieron de título “el efecto mariposa”. Que nada tenía que ver con tormentas en New York ni mariposas en Hong Kong.
Hace milenios los chinos descubridores de la pólvora ignoraban el rumbo que trazaron las leyes de aquella teoría olvidada para el matrimonio que me dio a luz. A esos seres de conocimientos milenarios, famosos por su paciencia y las buenas relaciones con el destino, les hubiera sobrado la cara de mi madre aquella tarde para ahorrarnos tantas guerras sin el honor del guerrero que muere mirando los ojos de quien le gana.
Hace milenios empieza esta historia regida por el caos esa tarde. Debo advertirles que la fabricación de la pólvora dista mucho de la obtención de un petardo. Así como también debo advertirles que el método científico no es desconocido para el infante cuyo padre le transmitió un secreto fantástico, mas por la posibilidad de asustar al abuelo que por los imperios que derrocó. La distancia que separa a un petardo de la pólvora es la mecha. Avocado en las investigaciones enfermizas por obtener una mecha que pueda provocar el susto final, realicé todo tipo de experimentos. El laboratorio era el patio de mi madre. El manto de césped parejo se veía interrumpido por círculos de yuyos quemados al cabo de unos días. Cada nuevo círculo era un chorro de agua en el vaso que se colmó esa tarde cuando un modelo perfeccionado se encendió por accidente a escasos centímetros de mi cara mientras mi madre me miraba. Espero que asustada por mí, ileso les adelanto, fuera esa avalancha de retos que se congeló en mi memoria cuando mi padre entró, ajeno a lo que pasaba, y dijo mientras sostenía un tubo de cartón de rollo de papel de fiambrería -Che Guille, mirá el petardo que podemos hacer con esto!.

1 comentario:

jorguà dijo...

No tuve siquiera el apoyo de ningún amigote piroman, porque no lo necestitaba, mis experimentos eran en pura soledad veraniega, solo conté desesperado y emocionado cuando en una suerte de trabuco el tornillo proyectil, luego de un silbido potente, pasó a algunas pulgadas de mi cara (me falló la mecha), se encargó de sacar parte del revoque de la medianera (además de hacer un orificio sobre el cemento de medio centímetro) y reboto con rumbo desconocido. Fué mi logro. Todavía me emociona más aún sabiendo que no encontraba la manera de comprar nitrato de potasio sin que sospecharan los fucking ferreteros.